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El País: En la Caracas sin Nicolás Maduro, “ahorita todo es prioridad”

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Una mujer recoge la bomba para recolectar agua en Petare, Caracas.
Andrea Hernández Briceño

El sábado al atardecer, en un barrio acomodado de Caracas, un bar se llena de gente. Hombres bien vestidos y perfumados relatan su semana; mujeres con melenas lacias y pestañas largas se hacen selfies en el baño. Hay gente en la calle que habla por el celular, charlas acaloradas sobre la actualidad, un DJ que pincha vinilos. Cócteles de autor. Todo en su lugar. Por encima de los tejados, una bandada de guacamayas azules cruza el cielo con su estrépito habitual. La capital de Venezuela, al menos en algunas partes, vuelve a parecer una ciudad cualquiera. Y desde el pasado 3 de enero, al menos parece más segura y más libre. Aunque no más rica. La imagen del local de moda convive con otra recurrente: la dificultad de la mayoría para salir adelante.

Por María Martín / elpais.com

El 3 de enero, Estados Unidos se llevó por delante a Nicolás Maduro y, aunque dejó a su vicepresidenta Delcy Rodríguez como sucesora, inundó Venezuela de expectativas. En cuestión de semanas se instaló la idea de que el país empezaría a crecer gracias a la intervención estadounidense, de que lloverían inversiones, de que el dinero del petróleo regaría a millones de hogares asfixiados. Pero esa expectativa ha ido mucho más rápido que la realidad. El dinero sigue sin llegar.

Sentado al volante de un viejo autobús, Oscar Alexander Ulloa recibe la visita de su mujer y sus dos hijos, de cinco y ocho años. Ella le trae el almuerzo y él le entrega sus ganancias del día, un enorme fajo de bolívares que no dan ni para comprar una crema hidratante. “Trabajo desde las tres de la madrugada hasta las cinco. De lunes a sábado. Y no gano más de 300 dólares al mes. Y eso poniéndolo bien. Nosotros hace años que no comemos carne. Está a 12 dólares el kilo”. La familia no recuerda la última vez que fue a un restaurante.

Ulloa y su esposa, Nairobi Pérez, han sido parte de esos ocho millones de venezolanos que se han marchado del país en los últimos años. Vivieron durante más de siete años en Bogotá y en Quito. Llegaron a dormir en el suelo de varias estaciones de autobuses, pero les pareció “el paraíso”. “Con un día de trabajo nos daba para hacer la compra de la semana”, cuenta Ulloa. Volvieron hace cuatro años. Vinieron a despedirse antes de intentar cruzar la peligrosa selva del Darién hacia Estados Unidos. Pero siguen aquí. Y lo que ganan hoy se va hoy. Algo de harina, un aceite, medio cartón de huevos. “Necesitamos un cambio. Pero de raíz”, se atreve a decir ella.

Apenas a unas calles de distancia de ese autobús, la policía disuelve una manifestación llena de trabajadores, estudiantes y jubilados que reclamaban mejoras económicas. A pesar de los golpes, la imagen de venezolanos clamando contra el Gobierno parecía imposible hace solo 100 días. Nadie se habría atrevido a desafiar al Gobierno. Hoy se le echa un pulso constante. Pero el temor de muchos en el poder —en Caracas y en Washington— es que esa imagen empiece a ser recurrente.

El contador jubilado Luis Amundaraín intenta llegar al grueso de la manifestación. Estuvo escondido un año y medio tras las elecciones de 2024, en las que Nicolás Maduro se autoproclamó presidente en contra de lo que decían las actas que presentó la oposición. “Han convertido a Venezuela en comunismo feroz. Matan a la gente. Los meten presos sin hacer nada”, clama Amundaraín, secretario general en Caracas del partido opositor Alianza Bravo Pueblo. A sus 70 años, le mantienen sus hijos, que viven en el extranjero. Su pensión equivale a 0,30 dólares al mes.

A diez minutos en moto de allí, Betty Obayes, de 50 años, observa otra manifestación desde su taller de costura. Es la marcha que ha organizado el chavismo para contrarrestar a los críticos. En la vitrina, un cartel con la imagen de Maduro y su esposa, Cilia Flores, reza: “Los queremos libres”. Obayes es chavista de cuna y agradece al comandante Hugo Chávez el apartamento en el que vive. La situación económica durante la gestión de Maduro ha sido un desastre, pero ella lo defiende. “Aquí hay cosas que acomodar, claro que sí, porque el país se arregla cuando arreglen la economía”, concede. “Pero necesitamos a Maduro”.

Mientras Donald Trump asegura que Venezuela “está ganando más dinero que nunca”, en la calle —la que Obayes mira desde su vitrina— los problemas siguen siendo los mismos. Los salarios no alcanzan para pagar los precios desorbitados de cualquier cosa: 7 dólares por un jugo en un buen barrio, 18 por un menú ejecutivo, 4 dólares por cuatro rollos de papel higiénico. Las calles huelen al humo negro de los coches y de los autobuses desvencijados que avanzan a trompicones en un tráfico caótico.

En Petare, una enorme y precaria barriada popular que trepa por un cerro, María Velázquez atiende su puesto de empanadas. “Aquí, después del 3 de enero, seguimos igual”, lamenta. “Lo que nos está matando a todos es el dólar. Un día tiene un precio y al día siguiente ya es otro. Queremos un cambio drástico para un mejor vivir. El sueldo no alcanza”, sentencia. Velázquez vive de lo que saca de la venta de sus empanadas a 50 centavos de dólar la unidad porque su pensión equivale a 30 centavos de dólar.

—¿Qué compra con eso?

—Nada, un caramelo.

Entre arreglar la economía y convocar elecciones lo más rápido posible, Velázquez titubea. Ambas, viene a decir: “Ahorita en Venezuela todo es prioridad”.

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