Elliott Abrams (Nueva York, 1948) ha ocupado cargos de gran peso en la política exterior de Estados Unidos durante décadas. Fue una de las voces más influyentes en América Latina y Oriente Próximo bajo presidentes republicanos y, durante el primer mandato de Donald Trump, ejerció como enviado especial para Venezuela y también para Irán. Conoce de primera mano cómo se comenzó a fraguar la campaña de máxima presión contra Nicolás Maduro y observa ahora, desde Washington, un giro que considera evidente. La prioridad ya no parece ser la democratización de Venezuela, sino una combinación imprecisa de interés energético, cálculo geopolítico y presión personal de Trump. En conversación con ABC, Abrams sostiene que el régimen chavista quiere alargar la situación todo lo posible, duda de la solidez de los argumentos que hoy se dan en Washington para justificar la nueva política y propone como solución una negociación real entre el chavismo y la oposición que desemboque en elecciones.
Por David Alandete / abc.es
—¿Cómo ve la situación actual de la Administración Trump con Venezuela y este acercamiento con Delcy Rodríguez? ¿Cuánto tiempo puede durar?
—Creo que puede durar mucho tiempo. Mi impresión es que el régimen quiere que esto se alargue, primero hasta noviembre, porque piensa que entonces Trump puede perder la Cámara de Representantes y quizá también el Senado, y por tanto quedar más debilitado. Y creo que, en el fondo, lo que querrían es estirarlo durante tres años, hasta el final del mandato. Quieren arrastrarlo todo, demorarlo todo, posponerlo todo. Ahora bien, no sé si van a poder hacerlo, porque no estoy seguro de que esa sea la visión de Marco Rubio [el secretario de Estado]. A mí me parece que Rubio sí cree que debe haber elecciones, quizá no este año, pero desde luego el año próximo, y que tiene que haber avances reales hacia la democracia. El problema es que hay muchas cosas que podrían haberse hecho ya y no se ha hecho ninguna. Ni siquiera han liberado a todos los presos políticos: han soltado a aproximadamente la mitad, nada más. Así que creo que el régimen va a intentar aferrarse al poder y hacer el menor número posible de reformas y concesiones.
—¿Ve una diferencia de estrategia entre lo que pretendía la primera Administración Trump, cuando usted estaba en el Departamento de Estado, y lo que se busca ahora? ¿Ha cambiado el objetivo final?
—Sí, en un sentido sí. En el primer mandato estaba muy claro para todos nosotros que queríamos deshacernos del régimen y sustituirlo por una democracia. Ese era el objetivo. No había demasiada ambigüedad sobre eso. En este segundo mandato, en cambio, Trump parece personalmente mucho más interesado en el petróleo que en el cambio político. Esa es la diferencia principal que yo veo. Antes el fin era político y estructural: queríamos una transición democrática. Ahora no tengo tan claro que ese siga siendo el fin.
—En aquel primer mandato usted me explicó que, en la práctica, la Administración republicana había aplicado algo muy parecido a un embargo total sobre el petróleo venezolano. ¿Qué ha cambiado? ¿Ha cambiado Trump?
—La verdad es que no sé responder directamente a esa pregunta. Pero quizá hay que plantearla de otra forma: ¿por qué hizo Trump esto? ¿Por qué capturó a Maduro y lo metió en prisión? ¿Cuál era el objetivo? Hay gente que diría que la respuesta es drogas, migración y petróleo. A mí me parecen respuestas muy extrañas. Trump habla mucho del fentanilo, pero el fentanilo no viene de Venezuela. Habla de la migración, pero ya no hay migración desde Venezuela hacia Estados Unidos. La frontera sur está cerrada. Ese era un problema de Biden, no de ahora. Y luego está el petróleo. Primero, cuando se hizo esto en enero, todavía no existía la guerra con Irán. Así que la pregunta es: ¿quién necesitaba entonces el petróleo venezolano? ¿Y por qué cree Trump que hay tanto petróleo disponible allí? Eso también me sorprende.
«Trump ha cambiado: antes quería democracia, ahora mira al petróleo»
—¿No es tan rica Venezuela en petróleo como se dice?
—Venezuela había caído a unos 900.000 barriles diarios, quizá un poco menos o un poco más, pero por ahí. Y les llevaría dos años, es decir, hasta 2028, aumentar esa producción un 50% como mucho. La compañía en mejor posición para aumentar producción es Chevron. Chevron produce unos 250.000 barriles diarios y dice que en dos años podría incrementarlos un 50%. Eso significa pasar de 250.000 a 375.000. Francamente, eso no es nada en el mercado mundial del petróleo. Incluso si en dos años Venezuela pasara de un millón de barriles diarios a un millón y medio, ¿y qué? Sería bueno tener ese volumen ahora, en medio de la guerra con Irán, pero no lo tenemos y no lo vamos a tener. Así que esas tres explicaciones —migración, drogas, petróleo— me parecen muy débiles.
—Entonces, ¿cuál cree que es la verdadera explicación?
—Quizá la explicación está en la estrategia de seguridad nacional y en la estrategia de defensa. Tal vez la idea de Trump sea: este es nuestro continente, pertenece a Estados Unidos, y no se van a tolerar gobiernos hostiles. Eso podría ser una explicación. Lo curioso es que, en el primer mandato, esa lógica llevaba a intentar acabar con el régimen. En el segundo parece llevar a otra cosa: quitar a Maduro y poner a alguien más amistoso, alguien que haga lo que Trump le diga. Yo no creo que eso pueda funcionar realmente, porque hay demasiada gente que quiere un cambio más profundo. Una de esas personas es Rubio, creo yo, pero más importante aún son los propios venezolanos.
—Los venezolano-estadounidenses también cuentan mucho políticamente y son muchos. Si dentro de esta Administración hay personas que sí quieren un cambio democrático, ¿cuál sería para usted una hoja de ruta razonable desde ahora hasta unas elecciones?
—Creo que lo primero es que la Administración debería estar exigiendo ya una serie de cosas. La primera, la liberación de todos los presos políticos. Me parece increíble que Trump no haya insistido en eso. Han pasado tres meses. La segunda, que Estados Unidos intente propiciar una negociación entre el régimen y la oposición democrática. Evidentemente, del lado del régimen sería Jorge Rodríguez. Del lado de la oposición, no sé exactamente quién, pero tendría que ser alguien con capacidad y legitimidad. Y tendrían que empezar a negociar cuestiones concretas: el Consejo Nacional Electoral, la justicia transicional, la devolución de los partidos políticos a sus verdaderas direcciones, la fecha de unas elecciones. No digo que las elecciones tengan que celebrarse necesariamente este año, pero la fecha sí debería fijarse este año en esa negociación. Si uno piensa en Brasil, Argentina, Uruguay, Chile o Perú, había situaciones distintas, porque muchas veces se trataba de dictaduras militares, pero siempre hubo negociaciones sobre este tipo de asuntos. Siempre hubo una conversación política seria sobre cómo se transitaba. Y eso es exactamente lo que, en mi opinión, debería estar organizando la Administración Trump.

