ESPECIAL| “Los refugios no son la solución” habla una doctora contagiada

Un trabajo de investigación de nuestros aliados informativos de la Voz de América dan cuenta del horror que viven quienes pasan la cuarentena en un centro de aislamiento administrado por el régimen de Nicolás Maduro.

Jessica* acompañó a su prima en un viaje en auto que solo tomó 10 minutos, a principios de junio. Los vidrios estaban arriba. El aire acondicionado, encendido. En aquel preciso momento, jura, se contagió del nuevo coronavirus.

Había salido poco de su casa. No tenía contacto con extraños ni amigos. Tenía cuidado de no contagiarse, pero su familiar, varios años menor que ella y con quien compartía la profesión de médica, ya presentaba las complicaciones de COVID-19. Murió a los pocos días por una complicación respiratoria.

Jessica comenzó a manifestar síntomas leves de COVID-19 después de su fallecimiento, como fiebre, dolor de garganta, malestares estomacales.

Confirmó su diagnóstico en la sala de emergencia de un hospital de Maracaibo, capital de Zulia, el estado con mayor número de casos positivos (2.600) en Venezuela.

Las enfermeras la dejaron sola en el cubículo de consulta, pero antes le dijeron que debían “iniciar el protocolo”. Jessica sabía lo que significaba: reportar su caso y diligenciar su atención en un hospital de la red sanitaria de la ciudad o dentro de un refugio controlado por policías, militares y dirigentes políticos.

Hizo valer su credencial como doctora con más de 25 años de experiencia en la salud pública para convencer a sus colegas de que le permitieran irse a su hogar.

“Me dijeron que allí no me podían dar el tratamiento. No me importó. Me vine a casa. No quería ir a ningún hospital o refugio”, confía a la Voz de América.

De 60 y tantos años, sabía de las condiciones deplorables de los centros asistenciales: “sin agua, con pésima alimentación, sin atención adecuada”.

Conocía de primera mano, también, cómo atendían a pacientes contagiados de COVID-19 en los espacios habilitados por el gobierno para decenas de ellos.

“A uno de mis primos, diabético, hipertenso, lo llevaron a vivir en un restaurante en San Francisco (municipio vecino). No les llevaban alimentos. Le enviaron medicinas 15 días después de ingresar. No sé ni para qué se lo llevaron”, fustiga.

Ella, desde su celular, le indicó el tratamiento. Familiares le llevaban fármacos y comida de manera clandestina. “Los refugios no son la solución”, afirma.

Hacer lo que Jessica decidió es casi un pecado en Venezuela. El mismo Maduro había defenestrado públicamente la posibilidad de que alguien contagiado se quedara en su hogar al inicio de la pandemia, en marzo.

“¿Por qué nueve personas no quieren salir de su casa? ¿Cuál es el empeño? ¿O es que no hay autoridad? Estas personas deben ir a hospitalizarse. ¡Todo el mundo hospitalizado!”, exclamó entonces en una alocución, ante su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, y su ministro de Salud.

Con información de VOA

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