Ayer, Delcy Rodríguez le habló a Venezuela, pero el país no escuchó un informe de gestión; escuchó un lanzamiento de campaña. Con un tono que pretendía ser técnico, moderado y quirúrgicamente prudente, Rodríguez desplegó un léxico de «recuperación», «crecimiento» y «sostenibilidad» que poco tiene que ver con la estridencia histórica del chavismo. Sin embargo, en política, lo que se calla suele ser más elocuente que lo que se grita.
Por Contexto.info
Lo más revelador de su discurso no fueron sus promesas, sino sus ausencias.
Rodríguez prácticamente borró a Nicolás Maduro de la narrativa. No hubo una defensa apasionada ni una reivindicación de su figura; apenas menciones periféricas. No es un descuido, sino un cálculo frío. Con Maduro bajo el peso de la justicia estadounidense y ella ejerciendo un poder bajo la mirada —inevitable y vigilada— de Washington, cualquier intento de rescatar la imagen del presidente sería un lastre político inviable. Por eso, en lugar de defenderlo, decidió sustituirlo.
La ruptura no es frontal, sino a través de una memoria selectiva. Al desplazar a Maduro, Rodríguez invoca la sombra de Hugo Chávez como un refugio emocional. Su referencia es el año 2012, una época de bonanza que hoy utiliza como estándar dorado, recordando que la economía actual es apenas un fragmento de lo que fue entonces.
Pero esa nostalgia es una trampa estadística.
En 2012, el barril de crudo Brent promediaba los 111,67 dólares. Venezuela nadaba en la mayor entrada de divisas de su historia y el problema jamás fue la escasez de recursos, sino el destino que se les dio. Aquel periodo no sentó las bases de una economía sana; por el contrario, cementó un modelo dependiente, corrupto y asfixiado por controles que terminaron por aniquilar el aparato productivo. Fue, en blanco y negro, el prólogo del colapso actual.
Y hay un detalle que la vicepresidenta parece omitir: ella no es una recién llegada intentando ordenar el caos. Ella es el caos con memoria.
Delcy Rodríguez no puede eludir su responsabilidad porque su firma está estampada en cada etapa del desastre. No es una técnica que aterrizó ayer para salvar el barco; es una tripulante de primera clase que ha pasado por todas las oficinas del poder durante más de dos décadas.
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