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Nicolasito dice que su padre preso "lee la Biblia, intercambia libros y se enfada por el Barça"

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Nicolás Maduro y su hijo Nicolás Maduro Guerra en Caracas, en mayo de 2025.
Ariana Cubillos (AP/LaPresse)

La madrugada del 3 de enero, cuando el primer bombardeo sacudió Caracas, Nicolás Maduro alcanzó a grabarle un audio a su hijo. Él todavía no quiere hacerlo público —“en algún momento va a salir”, promete—, pero adelanta algunas frases: “Nico, están bombardeando. Que la patria siga luchando, vamos para adelante”. Era una despedida. “Él pensaba que ese día moría”, cuenta su hijo a EL PAÍS cuatro meses después del ataque que cambió abruptamente la historia de Venezuela. “Todos pensábamos que ese día iba a morir”.

Por María Martín | EL PAÍS

Esta es la primera vez que Nicolás Ernesto Maduro Guerra —Nicolasito, como lo han llamado durante años para diferenciarlo de su padre— habla públicamente sobre el 3 de enero. Es, en realidad, la primera vez que alguien cercano al exlíder chavista da detalles a un medio de comunicación sobre aquella traumática noche en la que murieron 83 personas, entre soldados y civiles. Cuando parece que Venezuela está pasando página, el único hijo de Maduro, de 35 años, es uno de los pocos en Caracas que sigue hablando en presente del autócrata.

Un mes y dos días después de aquella madrugada, a Nicolás Maduro Guerra le entró una llamada. Las cosas estaban más calmadas, se había abierto un “nuevo momento político” y él estaba en su escaño de la Asamblea Nacional en una de las sesiones en las que se debatió la ley de amnistía. Era uno de los hijos de su madrastra Cilia Flores.

—Nico. Nico, habla. ¿Aló?

Le estaban conectando con su padre al otro lado de la línea. Era la primera vez que escuchaba esa voz desde el 3 de enero. Nicolasito se quedó mudo. Se levantó de su asiento, caminó hacia atrás y subió las escaleras que hay detrás del hemiciclo. Y allí, lejos de las cámaras, lloró “un poquito”, dice ahora, sentado en una sala de juntas donde cabe varias veces el dormitorio donde detuvieron a su padre. Curiosamente, su oficina, ubicada en un barrio financiero de Caracas, está a pocos minutos del Marriott, el hotel donde los estadounidenses han instalado su base de operaciones para dictar el futuro de Venezuela sin su padre.

Desde aquel día, Maduro Guerra graba las llamadas que recibe desde la cárcel en Estados Unidos. Ellos también lo registran todo y así, ambos, van componiendo un archivo sonoro que ya es historia.

—To accept the call, press five—, escucha cada vez.

Nicolás Maduro, encerrado en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, la única prisión federal en la ciudad de Nueva York, cuenta con 510 minutos al mes para sus conversaciones con el exterior.

—Hello, good night, how are you?

Maduro vacila a su hijo, como vaciló a todos los guardias que le observaban cuando aterrizó en Nueva York después de su captura. “Happy New Year”, les dijo con las manos esposadas en la barriga, su chándal gris de Nike y un gorro de lana cubriéndole la cabeza.

Nicolás Maduro Guerra en la Asamblea Nacional de Venezuela, el 5 de enero.
Stringer (Getty Images)

Los primeros meses de Maduro en la cárcel han sido en una celda de aislamiento, sobre una cama estrecha. Café, comida demasiado picante, un escritorio. El régimen de Delcy Rodríguez ha negociado con Estados Unidos una mejora de las condiciones y, según cuenta su hijo, en Semana Santa pasó a relacionarse con otros presos con los que ve la televisión. Fue ahí cuando conoció al rapero Tekashi 6ix9ine, que lo primero que hizo al salir de la prisión fue mostrar un muñeco artesanal de Bob Esponja firmado por Maduro. “Debió coincidir con él un solo día. Mi padre me dijo que le había firmado algo, pero es que yo ni sabía que él era famoso”, recuerda. “Yo soy salsero”, bromea.

Maduro ha estado leyendo la Biblia de forma obsesiva. Todos los días. “Se la aprendió. Nos dice unos versículos locos”, dice entre risas. “Mi papá nunca había sido así, pero ahora, en las llamadas, a veces empieza por ahí: ‘Tú tienes que escuchar Mateo 6:33. Y Corintios 3. Y el Salmo 108”, cuenta. Maduro profesaba devoción por el líder espiritual indio Sathya Sai Baba, pero ahora parece hacerlo por el Papa. Nicolasito apunta los salmos que le recita Maduro en un cuaderno. No es casual que los dos escritos que su padre ha publicado desde la cárcel —uno tras la primera audiencia, el pasado 26 de marzo, y otro el Domingo de Ramos— se sostengan casi enteramente sobre versículos. “Más bien una misa”, le dijo el hijo cuando los leyó.

Por suerte para su hijo, hace tiempo que Maduro lee más libros. Lo primero que pidió fueron tres textos: el Discurso de Angostura de Bolívar, las obras completas del libertador y la Constitución de Venezuela. Después llegaron biografías, libros sobre la historia de Estados Unidos, Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos. García Márquez. El Estado y la revolución, de Lenin. “Ya lleva como 60”, calcula el hijo, que asegura que ahora intercambia ejemplares con otros presos. También le ha mandado los libros de metafísica de Conny Méndez, una autora venezolana que leía su abuela. Y el código penal de Nueva York, para que Cilia Flores, abogada, lo estudie desde su celda del ala femenina de la prisión.

Nicolasito parece alguien distinto a su padre. No entra en detalles, pero es obvio que mantenían sus diferencias. Cuando era adolescente, el comandante Hugo Chávez le animó a hacer el servicio militar, pero él eligió estudiar Música y Economía. Su padre solo le tuvo a él, pero él tiene siete hijos. Su padre acabó liderando un régimen acusado de corrupción y de crímenes de lesa humanidad por la ONU, con cientos de presos políticos, denuncias de torturas y un éxodo migratorio sin precedentes en América Latina, pero él encaja las preguntas difíciles. E incluso agradece la franqueza.

Cuando se le pregunta por qué la apertura económica y política no se hizo antes si era —como él dice— el plan de su padre más allá de Donald Trump, responde que las liberaciones empezaron en diciembre. Cuando se le replica que en diciembre Estados Unidos ya estaba desplegado en el Caribe, admite: “Sí. Se cometieron errores de todos lados”. Hay una pregunta que Maduro Guerra dice que su padre debe estar haciéndose en estos meses, y que él también se hace: “¿Qué hice o no hice que pudo haber evitado el 3 de enero?”. La respuesta, afirma, no es una sola. “El 3 de enero fue una suma. De agresión, de sanciones, de errores. De intereses. De todo”.

Hoy, Maduro Guerra preside la Comisión de Política Interior, que supervisa garantías constitucionales y el sistema penitenciario. “Hemos visto excesos, por decirlo bonito”. Asume los errores del chavismo como propios, pero también marca distancias: “Yo soy miembro del partido, mi papá era el presidente, pero yo soy joven, yo no decidía”.

A su hijo, Maduro le pregunta por la familia, a veces, por la Asamblea, por la comida, por el fútbol… El pasado 14 de abril el Barça quedó eliminado de la Champions y fue lo primero que le dijo. Estaba enfadado. “Coño, esa fue una cagada”, se lamentó.

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