El 7 de abril de 1994, un DC-10 despegó de Memphis (Tennessee) rumbo a San José, California. El vuelo 705 de FedEx era un carguero que transportaba equipamiento electrónico hacia Silicon Valley. En la cabina, tres hombres repasaban los checklists de rutina. Había también un cuarto, un “tripulante extra”, con uniforme de vuelo, que se movía con soltura, como si fuera uno más.
Por La Nación
Se llamaba Auburn Calloway y llevaba semanas preparando ese momento: convertir el vuelo en “el accidente perfecto”… o en algo que se pareciera bastante.
Un ataque a martillazos a 20.000 pies
Ese día, alrededor de las tres de la tarde, la tripulación del vuelo 705 se presentó en el centro de conexión de FedEx en Memphis: el capitán David Sanders, el primer oficial James Tucker y el ingeniero de vuelo Andrew Peterson, todos pilotos con amplia experiencia que se conocían de vista, de cruzarse en algún pasillo, del mismo ambiento, aunque era la primera vez que volaban juntos. Distinta era la relación con Auburn Calloway, que aunque estaba entre ellos ese día, era un nombre desconocido para el resto del equipo.
Desde el inicio, algo llamó la atención. Al llegar al avión, Sanders notó que Calloway ya estaba adentro. No esperando en la puerta ni acomodando un bolso: sentado en la estación del ingeniero de vuelo, iniciando procedimientos previos como si ese asiento fuera suyo. No pidió permiso ni dio explicaciones. Actuaba con una naturalidad desconcertante.
Si bien Calloway era ingeniero de vuelo de FedEx, en el vuelo 705 no estaba “de servicio”. Viajaba como deadhead, es decir, un empleado trasladado por la compañía, con asiento asignado, sin responsabilidad operativa. Por eso sorprendió a la tripulación que estuviera adentro del avión tocando los controles antes que ellos mismos. Era algo inusual y contrario a los protocolos de vuelo habituales. Además, su equipaje también era inusual: un estuche de guitarra que guardó en la cocina, detrás de la cabina. Sin embargo, y más allá de todas las irregularidades, nadie le dio demasiada importancia en ese momento. Lo dejaron pasar y siguieron con la rutina.
Peterson, el ingeniero de vuelo, se acomodó en su puesto, empezó con las comprobaciones habituales y descubrió algo raro: el CVR, el grabador de voces de cabina, tenía que ser reiniciado. Lo encendió, salió un momento para hacer otras verificaciones y al regresar se quedó helado: el selector del CVR figuraba en “apagado” otra vez. Perplejo, lo activó nuevamente y pensó que si volvía a ocurrir, lo anotaría para mantenimiento. Con todo listo, los tripulantes se acomodaron y el avión despegó. El DC-10 inició el ascenso.
Lo impredecible estaba a punto de ocurrir, así cuando el avión alcanzó altura de crucero, Calloway se desabrochó el cinturón y se levantó de su asiento. En silencio, abrió el estuche de guitarra que llevaba como equipaje de mano y sacó dos martillos.
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